De cómo surgió la idea
Carmen Cámara


Quizá parezca frívolo decir que todo empezó en el VIPS. De tanto ir por allí buscando gangas, descubrí esos maravillosos libros de imágenes cinematográficas; páginas y páginas de fotogramas de películas; fotos fijas que congelan los gestos, las expresiones, los detalles; un tesoro de ideas visuales; cuadros perfectamente compuestos; personajes listos para ser manipulados. Aunque ya conocía la serie de Cindy Sherman de los 80, mi intención era distinta, yo quería hacer películas partiendo de fotogramas. Había oído hablar de La Jetée de Chris Marker, aunque no la había visto. Se me ocurrió que una especie de fotonovela con zoom incluido para dar sensación de movimiento y progresión sería una forma perfecta. Además, podía manipular las fotos con Photoshop y siempre sería más fácil hacer que los “actores” posasen que pedirles que actuasen. Y así empezó Film Noir. Primero me utilicé a mí misma cómo actriz pero pronto necesité otros personajes, y eché mano de la familia y los amigos. Todos se prestaron con entusiasmo. Procuraba que las sesiones fueran cortas para no cansarles, y llevaba siempre un story board rudimentario- el guión brillaba por su ausencia- con las diferentes poses; simplemente quería recrear situaciones del cine negro y citar algunas películas. El juego era divertido y el resultado brillante. En Film Noir la narración es mínima porque quería distanciarme de las películas de verdad e imponer la imagen. En el cine el espectador corriente se deja llevar por lo que le están contando desentendiéndose de las imágenes; yo quería que fuera al contrario. Otra forma de conseguir este efecto era con un movimiento lento. En el cine clásico todo era mucho más lento que en la actualidad, los personajes hablaban más despacio, regodeándose en las frases, como para que el espectador pudiera retenerlas; el humo de los cigarrillos era tan real que mareaba, y casi se podía oler el alcohol en los tugurios donde transcurría la “acción”; daba tiempo a admirar la tersura de la piel de las actrices y dejarse envolver por sus sensuales melodías; los guiones hacían énfasis en las palabras que surgían de la pluma de grandes escritores como Capote, Faulkner o Chandler.
Pero volvamos al desarrollo de la obra. Reconozco que mi admiración por las máquinas es absoluta. La primera máquina de la que me enamoré fue de una fotocopiadora, y ahora me hallo totalmente rendida ante algo tan prosaico como mi ordenador. Además de su enorme potencial, y que conste que mi ordenata no es nada del otro mundo, asombra la facilidad con que uno encuentra lo que busca, y la cantidad de cosas que se descubren. Como necesitaba fondos musicales para mis foto-películas, acudí a internet y allí estaban desde Jess Franco a Henry Mancini o Bernard Herrmann.
A mi “enganche” con el ordenador se unió mi fascinación creciente por el cine, me pasaba la vida en 8 y ½, una librería en Martín de los Heros. Revistas Nikel Odeón y Nosferatu, carteles antiguos, monografías... Leí las memorias de Roger Corman Cómo hice 100 películas en Hollywood y nunca perdí ni un céntimo, y un importante pasaje de los escritos de Robert Smithson dedicado a una de sus películas. Corman se convirtió en mi héroe. Fue un impulsor del cine independiente hecho con presupuesto barato y sin demasiados remilgos. Seguramente, suya no hay ninguna película perfecta, pero introdujo elementos originales (véase The little Shop of Horrors donde una planta, Audrey Junior, devora a los clientes de una tienda y los convierte en flores parlantes), descubrió actores (Jack Nicholson), y fue el rey de la improvisación.
Después de Corman vino Welles. Gran fascinación por su físico y por su enorme talento. Vi varias veces Ciudadano Kane y me pareció una película-laboratorio. Lo mismo que a Welles, lo que me atrae del arte es la posibilidad de experimentar. Arte no es tanto el placer de perfeccionar una técnica para luego repetirla ad nauseam, como el placer de ir probando vías nuevas y pararse en el umbral de la perfección para intentar otra cosa distinta. Pero seguía obsesionada con el cine negro, para mí es el género cinematográfico por excelencia, me encanta su estética sobria, los caracteres ambiguos de sus personajes: el bueno siempre débil y traidor; el malo inteligente y desgraciado. Y qué decir de los títulos de las películas: Call Northside 777, Double Indemnity, Touch of Evil, Night and the City... a cuál más sugerente.
En 8 y ½ compré varios libros sobre ciencia- ficción de los 50, y los argumentos me parecían extraordinariamente interesantes. Había incursiones en el mundo científico realmente proféticas, y me gustaba la mezcla de literatura fantástica con teorías científicas avanzadas. Durante unos meses me sumergí en un mundo de mutantes y alienígenas, admirando la magia de Ray Harryhausen y sus criaturas stop-motion; gente como él, que era un verdadero artesano-inventor, sostenía la industria del cine en aquellos años sin apenas figurar en los títulos de crédito.
Cuando terminé Film Noir, seguí inmersa en el cine en blanco y negro. Prácticamente toda la producción “B” de los 50 fue en B/N. Pensaba en los estupendos telefilms de los 60 como Los Vengadores, Cinco Dedos, El Fugitivo, todos en B/N. Quería que en la serie sobre este tipo de cine hubiese alguna referencia al cine fantástico, y se me ocurrió recrear The Village of the Damned (El Pueblo de los Malditos), basada en la novela The Midwich Cuckoos. Se trata de una fantasía en la que unos niños extraterrestres, de impactantes ojos sin párpados y nacidos de madres terrícolas gracias a una misteriosa inseminación, se disponen a exterminar el género humano. En mi vídeo, que se titula The Cuckoos como en la novela y en el que actúa la familia Ruiz Millet - de la galería H2O- al completo, los “niños” llegan en un platillo volante y se presentan ante unos padres que los toman por un regalo del cielo; poco después son hipnotizados y asesinados por los satánicos seres. El fondo musical es de Psicosis.
Diré algo sobre la música porque es parte esencial de los vídeos. Trato de que la cadencia con que se sucede el encadenado de imágenes se adapte al ritmo musical. Las imágenes deben ser lo suficientemente potentes para que la música no las anule (en general utilizo bandas sonoras muy conocidas y es preciso que las imágenes no desentonen). Mis personajes, como los de los libros, son mudos y estáticos, y debo vivificarlos aplicándoles un movimiento ilusorio y envolviéndolos en música.
Ya he dicho que el movimiento lo consigo mediante el zoom, perfecto para el cine negro. Aplicándolo, las fotos ganan en sensualidad, misterio y densidad. Al montar los fotogramas me fijé en que durante el recorrido del zoom iba variando el enfoque de la imagen, que se acercaba más y más hasta detenerse en un punto en el que se desvelaba la trama gráfica- el píxel-. Lo mismo ocurría en mi anterior trabajo con fotocopias. Inconscientemente me había servido de un mecanismo de acercamiento idéntico, que en un caso me llevaría a la reproducción mecánica y en otro al movimiento estereotipado.
A continuación hice Jigsaw (Rompecabezas) a partir de unas fotos que tomé durante una excursión por Suiza. Los paisajes de postal y los trenes me recordaban aquellas películas de acción de los 70 que se rodaban en exteriores nevados. En el vídeo, dos personajes masculinos juegan al ratón y al gato tratando de arrebatarse un maletín que hace de Mc Guffin hitchcockiano. El fondo musical es el del telefilm Las Calles de San Francisco, de Henry Mancini.
Mi amigo Miguel Ángel García era perfecto para hacer de Orson Welles, así que me decidí a hacerle un homenaje al Genio. Miguel Ángel resultó un actor magnífico que captaba mis ideas con rapidez. Trabajé mucho las imágenes basándome en fotogramas de Ciudadano Kane y El tercer hombre. En mi casting particular, elegí a Juanjo Lahuerta como Joseph Cotten, el íntimo amigo de Welles. Antes de cualquier actuación es necesaria una mise en scéne, un calentamiento, y en el caso de Juanjo apenas tuvo tiempo de relajarse después de un maratoniano curso de doctorado. A pesar de la premura, Juanjo obedeció mis órdenes con precisión y es un Cotten convincente.
La película de Hitchcock Dial “M” for Murder- en español Crimen perfecto- me inspiró los títulos Dial “A” for Arkadin y Dial “H” for Harry, los dos vídeos que he dedicado a Welles. Lo de Harry naturalmente es por Harry Lime, el protagonista del Tercer hombre, que para mí es una de las mejores películas de todos los tiempos. Su tempo es perfecto; los personajes, verosímiles; la puesta en escena, soberbia; los 3 protagonistas, sensacionales (Álida Valli guapísima); la Viena real de la posguerra, suntuosa a pesar de la destrucción; los personajes secundarios: el Barón Kurtz, el doctor Winkel, Popescu, el portero, el niño, el mayor Calloway (a quién Cotten llamaba Callahan a propósito), y Crabbin, el inglés que organiza conferencias, inolvidables; la secuencia de las cloacas y la frase del reloj de cuco, antológicas; la cítara de Karas, obsesiva y romántica; el guión de Graham Greene cuyo leit motiv es la amistad traicionada, extraordinario; Welles como Harry Lime el enigmático, personalísimo; y, para rematar la faena, el genial tandem Korda-Reed en la producción-dirección. ¿Quién da más?
Welles hacía teatro y tenía una voz imponente, encontré unos cuantos fragmentos suyos declamando. Utilicé el famoso monólogo de The Shadow y lo monté con unos primeros planos de Miguel Ángel haciendo de Arkadin, el personaje más turbio de Welles en el cine junto con el policía de Sed de mal. Leí la novela Mr. Arkadin escrita por el mismo Orson durante su “exilio” en España, una sátira donde una vez más Welles critica la sociedad corrupta y los grandes magnates.
Tras estos experimentos con el zoom y el B/N, me apetecía probar el color. Empecé tiñendo las imágenes mediante un filtro verdoso que les daba un aspecto extraño; pensaba en el Agfacolor y en sus colores desvaídos por el tiempo. El Prisionero (Pepe Díaz Cuyás) es un vídeo de transición en el que el zoom y los fundidos son un poco más arbitrarios. Utilicé un programa de vídeo muy versátil que me permitía trabajar por capas y la cosa se empezó a complicar, favorablemente, claro. Me sentía más libre, las posibilidades se multiplicaban a medida que dominaba el programa. El diálogo entre el prisionero y su guardián pertenece a un telefilm de culto inglés de los 60, cuyo protagonista era Patrick Mc.Goohan.
Las películas que me apetecía “recrear” se me iban imponiendo solas; de pronto encontraba la música y los actores adecuados. Siguió Farenheit 451, que irónicamente he titulado Celsius 233, y el color explotó. Empecé a trabajar con rojos intensos, verdes, amarillos... las imágenes parecían ilustraciones. La música se deslizaba por los fotográmas que aparecían por la derecha y por la izquierda, por arriba y por abajo. El movimiento era menos minimalista y algunos fotogramas parecían bailar al ritmo de la música. Leí el libro de Ray Bradbury para compararlo con la película, y ésta salió ganando. Los personajes son de una frialdad mecánica muy misteriosa, y los ambientes de suburbio noreuropeo, tristes pero poéticos. El final, con los hombres-libro paseando y recitando en un paisaje desolado, es magnífico, como también lo es la música de Bernard Hermann. Truffaut dejó su huella al mostrarnos los libros listos para la pira; como buen francés su elección era un poco chauvinista.
Llegada a este punto se imponía un homenaje al mago del suspense, y como acababa de comprar la banda sonora de Vértigo, hice Maelström, homenajeando de paso a Poe y a su Descenso al Maelström, que junto al Hombre de la Multitud es uno de mis cuentos favoritos. Aunque por ahora mis vídeos son cuentos visuales inspirados en obras ajenas, no tardaré mucho en inventar mis propios argumentos. En Maelström di un salto cualitativo. Los fotogramas dejaron de ser estáticos, dentro de ellos todo empezó a moverse. Podía hacer que las cabezas y las formas geométricas girasen, que los fundidos no fueran meras transiciones entre un fotograma y otro, que los colores brillasen y se desvanecieran... una vez más la técnica al servicio de la fantasía.
Aunque para mí el cine es Hollywood, los directores que más me atraen no son cien por cien americanos, Welles nació en Estados Unidos pero su forma de ser es europea. El siguiente homenajeado es Kubrick. 2001 me causó gran impresión cuando la vi por primera vez en el cine Albéniz en cinerama, aunque no la entendí del todo. Luego he leído que Kubrick y Arthur C. Clarke, su guionista, plagaron la película de ambigüedades para dejarla abierta, y parece ser que Kubrick recibió cientos de cartas con toda clase de interpretaciones. En la instalación que preparo para el CAB, habrá un espacio dedicado al monolito. Otra película de Kubrick por la que me sentí impactada fue La Naranja Mecánica, recuerdo que la vi en París muy joven y aparte de la violencia, me impresionó el actor Malcom Mc Dowell por su expresividad salvaje. Todo en aquella película parecía muy moderno, desde los decorados pop hasta la jerga que utilizaban los personajes. El vídeo Big Ben & Co. rememora La Naranja de Kubrick. Es más barroco que los anteriores. Los fondos son muy abigarrados y se mueven como si fueran telones; los personajes salen y entran, y la música cambia continuamente. Constato que en los últimos años mi obra pasa de lo clásico a lo barroco con gran facilidad.
Y este es el punto en el que estoy ahora. Me gustaría concluir la serie con Los Pájaros de Hitchcock. María Vela hará de Tippi Hedren, solo me falta el sonido y, como en el cine de verdad, que se den una serie de coincidencias para que el proyecto llegue a buen puerto.




ÚLTIMA ACTUALIZACIÓN:
MARTES 12 DE ABRIL DE 2005

Imágenes de videos e instalaciones de la exposición "Mecanic-Cinéma" de Carmen Cámara